Último viaje

El día de su muerte, Tomás Cancino se detuvo en un descanso en la carretera. Eran cerca de las 18:30 según el reloj análogo de su Citroën. Un reloj ubicado en un lugar demasiado obvio como para perderlo. Redondo. Junto al velocímetro. Rojo.

– Son las siete y media – Leyó en un letrero luminoso parcialmente oculto tras una camioneta verde.

Él siempre había sido un hombre organizado, pero desde hace tiempo su mundo le era un poco más indiferente. El reloj era un perfecto ejemplo. Hace años que no lo tocaba para ajustarlo.

– Da la hora correcta la mitad del año – se excusó una vez al ser recriminado por un amigo forzado. Sabiendo que era una mentira, porque él nunca sabe si está en la mitad del año en que el reloj funciona, por eso nunca lo mira.

Y ese auto. Ese auto era también una señal de lo mismo. De que todo le había empezado a importar menos. Lo quisiste cambiar hace tiempo, Tomás.

Siendo las 19:30 era el momento exacto para la píldora de dormir si no quería perder el vuelo de mañana. Si tan sólo ya hubiese llegado a su casa. Un par de semáforos rojos más y va a ser el camino más lento que le haya tocado. Con un tráfico de mierda como éste mejor se venía en la bicicleta, como antes.

– En veinte minutos llego – se prometió, removiendo dos pastillas de la tira de aluminio.

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