Teniente Bello, cazador de zombies – Parte II

Para Edwar Mass y Marco Sterling.

Visite el primer capítulo: https://elotropasajero.com/2016/01/30/teniente-bello-cazador-de-zombies/

El Teniente Bello imaginó a su mujer arada por la piedra de otro hombre. Miró por la ventana a lo lejos, con los ojos cada vez más agrios. ¿Qué habrá pasado cuando lo dieron por muerto?

Qué injusticia además, si estaba vivo, cien años después y estaba más vivo que cualquiera de los de entonces.

-Compadre, la historia que me sé yo es la misma que saben todos- le dijo Felipe Toro- que te perdiste en tu avión, nada más… no me preguntís más de tu mina, de tu familia, no sé más de lo que te dije, campeón, lo siento -el Teniente Bello lo miró sin expresión y se preguntó, como muchas veces, si en el futuro hablarán todos como idiotas o si le habrá tocado el premiado. La disciplina lo contuvo de romperle la cara, de pura impotencia y aburrimiento.

– Un auto de mierda –pronunció mirando hacia adelante.

– ¡Sí, campeón! ¡Si estaban mejor en 1914!… -contestó Felipe, que también irradiaba odio.

El camino seguiría siendo difícil, treinta kilómetros faltaban por recorrer en una autopista abandonada a los autos sin dueño, bloqueada en casi todo momento. El Teniente Bello era el encargado de mover los otros vehículos, lo habían decidido así cuando Felipe sugirió que por su instrucción militar, la labor del Teniente debía ser la de campo. Bello aceptó, entendiendo que lo estaban adulando.

– Si tu auto tuviera el famoso “cuatro por cuatro“, ya habríamos llegado -recriminó el Teniente.

– ¡Compadre, yo no voy a dejar este auto tirado! ¡Olvídalo! –Felipe se aferró al volante de cuero negro.

– El otro era mucho más práctico, eso es todo lo que digo… -subrayó Bello, quitándose el cinturón de seguridad.

– ¡Era un puto Suzuki Samurai! -escuchó cuando se bajaba del auto.

– Qué bueno que usa cinturón -murmuró Felipe, que miraba con ironía a su amigo aún parado en la mitad de la calle, sin decidir qué vehículos mover. Es verdad que había autos más aptos para este viaje, pero no podía dejar aquél, habiéndolo usado tan poco y estando tan cerca de su destino. Además que algo debía ganar él, que le explicaba todo al loco de patio que era el Teniente Bello, ese viajero en el tiempo con pasado inverificable.

Alejandro Bello Silva divisó una silueta a lo lejos, cortada por la línea entre la calle soleada y la sombra del monte. ¿Será que es una persona?, ¿otra persona al fin? El andar era de hombre y no de bestia. Desenfundó la pistola con precaución.

– ¡Compadre! ¡Acá! -gritó Felipe a través de la ventana del auto rojo antes de bajarse. El Teniente Bello sujetó el revolver con firmeza.

– ¡Por fin! -gritó el extraño, con la cara extasiada y aturdida. Bello notó que no llevaba a mano más que un bastón de aluminio, como una maza. No descartó que tuviese algo más, escondido en el bolso.

– ¡Están todos muertos! ¡Todo lleno de monstruos, hueón!

– ¿Acá también? -preguntó Bello, que en los últimos meses había mejorado bastante en disimular su sorpresa.

– ¡Compadre, maté a uno a hace quince minutos!, lo juro por mi mamita que está muerta… yo creo -respondió el extraño. Los tres hombres se miraron en silencio. Felipe se encogió de hombros y volvió al auto sin interés, ya no era necesaria mucha ceremonia además, nunca más. El Teniente conversó con el hombre lo suficiente para enterarse que se llamaba Humberto.

– ¿Por qué mierda andan en un Maserati? –Preguntó  Humberto- ¿No es mejor un “cuatro por cuatro“? Yo no me he movido en auto desde que estoy solo, a veces podís andar unas cuadras, pero es muy lento si nadie te ayuda a despejar.

El Teniente lo miró tratando de ocultar su fastidio, como cortesía a un hombre que también lo perdió todo, como él. Tenía una tristeza visible, como un reloj de pulsera o una nariz grande. Se preguntó si él también se vería así, sabiendo que lo suyo era infinitamente peor, a él todos lo vieron morir y él los vio morir a todos.

Y ya nadie tenía tiempo para duelos, Felipe le había enseñado cómo mover los vehículos que bloqueaban el camino, automáticos y manuales, y esa era la labor más urgente. Necesitaban mover seis, tarea que sería más fácil ahora que contaban con un juego más de manos y pies.

La bestia surgió por debajo del sexto automóvil, un Fiat Azul, y atacó a Humberto por los pies. Felipe fue el primero en verlo y vio cuando la bestia mordió al extraño en el pie derecho, una y otra vez, fue él también quien lo auxilió y, con el bate de aluminio, logró encajar tres certeros golpes.

Aquel musgo negro, que inunda el interior de los muertos en vida, le empapó el pantalón y la camiseta a Humberto. Felipe alejó con el pie, como muchas veces antes, a una abominación que estaba muerta en muerte, el extraño detuvo su escape a metros del cadáver indigno, atontado por la sangre y el musgo negro que embadurnaban el logo de los calcetines y el pantalón arremangado.

– ¡Felipe, las herramientas! -ordenó marcial el Teniente, como si al extraño lo hubiese herido una bala de mortero y no un monstruo- ¡Humberto, amigo mío, póngase este cinturón en la pierna!

– ¡Cómo un torniquete! -completó Felipe Toro, cuando ya tocaba el bolso de herramientas- ¿Machete y sierra? -preguntó.

– ¡No me toquen, hueón! ¡No me toquen, locos culiaos! –gritó el extraño, que en pánico había avanzado ya tres metros, dibujando en el pavimento una estela roja, del mismo largo. El Teniente Bello lo detuvo por la espalda y le rodeó el cuello con el brazo derecho.

– ¡Me estoy arriesgando por salvar tu vida! –le rugió al oído mientras lo contenía.

– ¡Cuidado con la sangre! -le gritó a Felipe, que ya sacaba del bolso los guantes de goma amarillos y una de las dos máscaras de soldar.

Humberto respiraba rápido y se resistía del Teniente, que conscientemente había llevado ya el conflicto al suelo. Felipe le tranquilizó la pierna buena con todo su peso y determinó que el otro miembro, el derecho, estaba comprometido hasta poco más arriba del tobillo.

– ¡Quédate quieto, chuchas-de-tu-madre! -le gritó cuando le descargaba la base del puño en el entrepierna.

– ¡Tápate la cara, Bello, hueón oh! –prosiguió mirando a su amigo. El Teniente ya estaba encogido tras el extraño.

El primer golpe de machete reveló sangre y nada más. Los gritos cubrieron el sonido del segundo y del tercero, que ayudados por el blue jeans recogido, mostraron ya un poco de hueso. La sierra encontró a Humberto ya casi inerte.

No era la primera amputación que realizaban, lo habían intentado una vez más, hace meses, sin éxito. El receptor de aquel servicio fue entonces un hombre que habían encontrado en el bosque, un pervertido, según dijo Felipe, sin dar más detalles. Fue él quien le disparó en la cabeza aquella noche.

– ¡Yo muevo el último automóvil, preocúpate tú de Humberto! -ordenó Bello, que ya había acomodado el cuerpo desmayado en el piso.

– ¡Olvídate de mover el auto culiao! ¡No vamos a alcanzar a llegar de día! -respondió Felipe, resignando ya las ansias de alcanzar el que habían convenido sería su destino final aquel día. Tenía esperanzas de encontrar ahí a sus amigos, nadando en armas, dispuestos a dudar de la historia de su camarada, el Teniente Bello, el hombre que se perdió en el cielo o en el mar.

– Humberto dijo que había una construcción por acá cerca, tras el monte… “BRE” algo, ¿te suena?… -replicó Bello.

– ¡Breitweg! ¡La discotheque! –Respondió Felipe- ¡podemos pasar la noche ahí!

Las contorsiones del cuerpo alertaron a ambos hombres. Felipe Toro retrocedió espantado al ver la espuma que ahora adornaba la boca del extraño y no vio cuando el Teniente emergió a sus espaldas para apretar parco el gatillo, sólo una vez, y destrozar la frente de un hombre que hasta hace poco no conocía. Se miraron detenidos y en silencio hasta que el Teniente Bello retomó la tarea inconclusa de mover el último auto para continuar después la marcha.

Las pequeñas luces rojas y los vehículos en la entrada de Breitweg fueron la tercera sorpresa más grande que tendrían ese día, luego de Humberto y de lo que ocurriría más tarde en la noche.

– Tengo que bajarme -exclamó Felipe cuando detenía el auto- no me siento bien, debe ser la sangre de este hueón

Bello abrió la puerta y rodeó el auto por delante, se detuvo a un metro de Felipe, que ya apoyaba ambos pies en el suelo.

-No te preocupes, Felipe, gran amigo, no te convertirás…- le dijo, mirándolo por encima de la pistola Mauser. “Ejército de Chile”, pudo leer en el cañón, cuando una luz proveniente de la construcción rompió la oscuridad casi absoluta de la noche.

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